El dilema entre ética y salud.
(Parte 3/3 Final)

 

Pero es lo mismo que aguantar y adaptarte a la crisis, a los recortes o a la subida de los impuestos, porque de algún sitio vino esta crisis, pero es mejor pensar que surgió como una pesadilla y ahora es necesario ayudar a los bancos y al país a salir de ella. Tú personalmente no has creado el problema, pero vas a pagar para reparar la situación del país. Algo parecido pasa con el consumo de la carne: tú no has abusado de los chuletones ni has maltratado a los animales, pero para que otros dejen de hacerlo tenemos que participar en las soluciones.

¿Recuerdas mis comentarios sobre la industria del trigo, la modificación genética, la intervención en los procesos naturales de su crecimiento que al final ha perjudicado la salud de muchas personas y sigue haciéndolo? Pues con las carnes la situación es parecida. No tiene la misma calidad. Un animal alimentado con cereales, hormonas y antibióticos puede proporcionarnos una carne suave y sabrosa, pero no nutritiva y con un alto contenido de colesterol y fracciones químicas. Por eso los cardiólogos nos recomiendan comer menos carne roja, pues afecta a los vasos sanguíneos y al corazón. Por otro lado, la putrefacción de los restos de esta carne en el intestino grueso, especialmente si este último no funciona con regularidad, llegará a producir unas toxinas muy dañinas y sustancias cancerígenas (que pueden provocar el desarrollo del cáncer).

Así que, mientras comes tu carne de oferta del supermercado y con eso te comprometes con la ética mundial, ni siquiera te beneficias de ella en su totalidad, pues ya no es tan natural y nutritiva como en los viejos tiempos.

Desde mi punto de vista, no hace falta tirar la toalla y en un día hacerse vegetariano estricto. Lo que comemos y bebemos y el modo en que lo hacemos influye profundamente en nuestro bienestar físico y mental. Creo que primero hay que procesar las decisiones y equilibrar los cambios alimentarios en todos los sentidos. Sin embargo, sí que es necesario cuidar la salud, el sistema cardiovascular y digestivo sobre todo, y respetar procesos depurativos del cuerpo y mediante este objetivo influir a la situación del consumo de las carnes animales en general. ¿Cómo?

En primer lugar, como profesional en nutrición te propongo volver a establecer periodos depurativos en tu agenda anual; algo parecido a la tradición de las grandes religiones, es decir, durante dos meses en primavera no comer nada de carnes ni aves, ni huevos, ni embutidos, ni mariscos, quédate solamente con el pescado, los lácteos, los cereales, las legumbres, las verduras y las frutas.

Hazlo por ti mismo, por tu pureza y tu salud, por tu familia, tus hijos, tu futuro o por tus creencias…Vale la pena organizar y ritualizar esta sana costumbre. Dos meses al año, que puedes fraccionar o hacer todo seguido. Si durante dos meses no comes carnes, tu hígado, tu sistema cardiovascular y tu ecosistema digestivo te lo van a agradecer mucho.

Una persona adulta, que come normal, sin excesos, consume como mínimo 500 gramos al día de los productos procedentes de las carnes animales, aunque los hombres suelen comer más y todos, entre los embutidos y barbacoas, nos saltamos fácilmente los límites en ocasiones especiales, algunos fines de semana y durante comidas de fiesta o reuniones sociales.

Si durante dos meses puedes vivir sin productos procedentes de carnes animales (carnes rojas y blancas de todos los animales, aves incluidas y todos los embutidos), evitarás procesar por tus tuberías como mínimo ¡unos 300 kilos! Eso te proporcionaría mucha reserva de salud y bienestar y, mientras tanto, ayudarías a salvar a los animales ¡Son tres vacas! ¡O dos vacas y tres corderos! ¡Y un montón de pollos y conejos!

Si solo con dos meses de depuración vegetariana una persona ahorra y salva tres vacas, entre todos los miembros de la familia o del barrio ya se podría sumar una cantidad importante de ganado que preservamos y no comemos. Con esta sana acción que te purifica, ya le estás echando una mano al mundo. ¿Por qué no nos lo proponemos ya?

Y durante los diez meses restantes te pido por favor que intentes volver a lo auténtico como han hecho tus padres y tus abuelos y con lo que muy probablemente hayas crecido: ir a la carnicería de tu barrio y comprar carne de un productor privado, un ganadero y trabajador autónomo de alguna zona de España que ha criado sus animales en los campos de manera tradicional y la vende al público. Quédate charlando con el carnicero, pregúntale de dónde proceden sus productos y escucha sus quejas sobre lo difícil que es sobrevivir a los tiempos actuales con un negocio pequeño y hecho a la medida. Te saldrá algo más caro y te llevará algo más de tiempo, pero todos lo sabemos que el chuletón de León o de Galicia o la hamburguesa de Guadarrama representan un motivo de orgullo para los españoles, y con mucha razón, pues proceden de un ganado criado con calidad y respeto. Con este acto de voluntad y de vuelta a la tradición apoyarás a las pequeñas empresas familiares españolas y volverás a tus raíces.

Hace unas semanas estuve en un restaurante exquisito en Bilbao donde todo lo que servían procedía de una empresa con un respeto y cuidado medioambiental. En la carta había propuestas de «un revuelto de huevos de la gallina feliz» y «una hamburguesa de vaca contenta». Por supuesto, preguntamos de qué se trataba, y el encargado nos respondió, con mucho orgullo, que el restaurante utiliza como materia prima para su cocina productos obtenidos exclusivamente de las granjas pequeñas y privadas de los alrededores de la zona y que ellos se encargan de cuidar mucho al animal y en particular su nutrición. De esta forma, la mencionada gallina feliz y la vaca contenta probablemente pasaron sus vidas al aire libre, disfrutando de pastos sabrosos naturales y sin ningún abuso ni intervención artificial en los procesos naturales para su crecimiento. ¡Qué compromiso más inteligente! Ayudar a las granjas privadas locales y promover los conceptos auténticos de la ganadería domestica. Yo no sentí ningún remordimiento de conciencia al comer estos platos y disfruté muchísimo de ellos. Y si eso supone pagar un precio algo más alto, sabes que eso tiene un destino ético y tampoco comes en los restaurantes todos los días.

No tiene comparación con la carne de un gran supermercado con un precio sospechosamente bajo, donde las ventas son masivas y despersonalizadas, y además con un embalaje plastificado. Y sucede lo mismo en los servicios de comida rápida: cuando una hamburguesa te cuesta un euro y se supone que este precio incluye el coste de la materia prima y todos los gastos, genera mucha desconfianza, entonces ¿qué estamos comiendo dentro de esta hamburguesa…? A menos que compres en el supermercado carne ecológica —por fortuna, ya se ofrece en casi todos sitios—, aunque hay que buscarla muy bien, porque es probable que esté en algún rinconcito olvidado sin mucha demanda por parte del comprador general, esperando
modestamente a los interesados más conscientes.

Y con respecto a la cantidad consumida de la carne quiero comentarte que, si tu tránsito intestinal es regular y no presentas problemas cardiovasculares, se pueden comer carnes variadas tres o cuatro veces por semana, sin superar la porción de 250 gramos al día, siempre acompañándola de mucha verdura. Con la edad y las diversas enfermedades crónicas, con comerla dos veces por semana ya reponemos suficientemente las necesidades de proteínas, hierro y aminoácidos y no cargamos al sistema digestivo con un trabajo difícil.

Fin del capítulo.

Tomado del libro Salud Pura