El dilema entre la ética y la salud.
(Parte 1/3)

 

Nos pondremos al día brevemente en el tema relacionado con la industria ganadera y observaremos la influencia del consumo de las carnes y las grasas de origen animal a los procesos depurativos del cuerpo. Es un tema de gran interés al menos por dos razones:

  • El aumento de la popularidad y de la moda de las dietas proteínicas para control del peso (un consumo casi único y preferente de las proteínas, cinco veces al día, con una limitación drástica de los hidratos de carbono).
  • El aumento de las enfermedades cardiovasculares por lo cual los médicos recomiendan limitar del consumo de las carnes y embutidos.

Yo veo a bastante gente desorientada. Unos, impulsados por un deseo de adelgazar, sobrepasan la ingesta de las proteínas de origen animal, y lo hacen por su cuenta, sin control ni asesoramiento, y en consecuencia, se saturan con las toxinas y los restos proteicos. Y otros, asustados por su enfermedad principal buscan una manera de reducir su consumo de las carnes y no saben equilibrar su nueva dieta.

Los alimentos que proceden de los animales nos proporcionan aminoácidos esenciales (las fracciones de las proteínas
que necesitamos para construir nuestros tejidos y funcionar adecuadamente), hierro, minerales y las grasas a su medida.
Son recursos importante de energía y nutrientes para nuestros músculos y nuestros huesos. Es fácil vivir comiendo carnes, huevos, lácteos, pescados, mariscos, lo llevamos en los genes, nos hace sentir bien y hay que reconocer que somos representantes del mundo animal y somos carnívoros. Durante siglos ha sido algo normal y corriente consumir las proteínas animales y ni siquiera la religión lo prohibía. Estaba claro que para trabajar duro y estar sano había que comer bien.

Desde hace muchos siglos y durante toda la historia del cristianismo (aunque existen muchas similitudes en las tradiciones de otras religiones y filosofías), se estableció como costumbre —y muy buena por cierto— la obligación de respetar periodos prolongados de ayunos y de purificación, como las abstinencias que se imponían antes de la Pascua, por ejemplo, y que siguen existiendo en la actualidad.

Durante algún tiempo, el cristiano no podía comer carne y debía cuidarse de los excesos y las tentaciones. ¡Qué inteligente desde el punto de vista de la salud! Esto servía como periodo natural de descanso para todo el metabolismo corporal y el sistema digestivo en particular y proponía una depuración integral. Y los creyentes, ante el temor a un castigo divino, lo llevaban a rajatabla.

Ahora, la mayoría ya no seguimos estas restricciones y tradiciones de la Iglesia y no suprimimos alimentación alguna.
El tema ético sobre el consumo de las carnes se ha puesto de actualidad en las últimas décadas y está vinculado al crecimiento de la población y al consumo de los alimentos globales en el planeta. La industria ganadera se adapta a la demanda creciente, que está creando problemas éticos muy graves.

Como somos muchos y cada uno quiere comer lo de siempre en calidad y en cantidad, la manera más directa de responder y tratar de cubrir esa exigencia es darle un trato poco respetuoso a los animales, abusar con su nutrición, intervenir en su ciclo vital y saturar el medio ambiente… continuará.

Tomado del libro Salud Pura