Quisiera poneros al tanto de las últimas investigaciones sobre nuestro segundo cerebro, que como sabéis es el digestivo. Un reciente artículo de la prestigiosa revista Scientific American Mind nos reconfirma que las bacterias de nuestro intestino ¡pueden influir en los pensamientos y el ánimo! Aunque no resulte muy atractivo pensar en que los pequeños bichos pueden dominarnos y desplazarse con facilidad por nuestro cuerpo influyendo en nuestro estado emocional, tenemos que aceptarlo.

En la naturaleza existen ejemplos de parásitos que manipulan a su huésped, como por ejemplo Toxaplasma Gondii, un parásito unicelular que, una vez instalado en la sangre de ratón, le hace especialmente atractivo y accesible para los gatos. En cuanto el gato coma al ratón infectado, el parásito puede terminar su ciclo vital reproductivo en su nuevo huésped. Otro ejemplo lo encontramos en un hongo que afecta al cerebro de las hormigas, Cordyceps. Creciendo y expandiéndose en la cabeza de la pobrecita hormiga, el parásito le «dicta» a la fuerza que suba al árbol justo antes de que se muera. Así el hongo puede trasladarse del cerebro del insecto muerto al árbol y difundir sus esporas con el viento a la máxima distancia posible. Parece una película de terror, pero os aseguro que hasta ahora la ciencia no ha registrado en la naturaleza bacterias tan peligrosas que de repente transformen a los humanos en zombis o nos dicten órdenes para autodestruirse. No hay de qué preocuparse de momento.

Es verdad que el cuerpo humano aloja un gran número de bacterias que inevitablemente nos afectan y influyen en cada instante de la vida. Desde hace años, en la medicina vinculamos el síndrome de colon irritable o las úlceras gástricas y duodenales, u otra patología, a un desequilibrio patológico producido en las cepas bacterianas de nuestro sistema digestivo. Y actualmente, los investigadores confirman que la microflora intestinal participa en la actividad genética de nuestro cerebro superior, y desde la infancia las bacterias digestivas (buenas) nos ayudan a establecer y desarrollar ciertas zonas del cerebro involucradas en los procesos de la memoria y el aprendizaje. Según las últimas conclusiones, la dificultad en los diagnósticos y tratamientos de los trastornos mentales (la variedad de los síntomas es difícil de prever y la respuesta a los fármacos es distinta en cada paciente) se puede explicar con la variación de nuestro microbioma. Parece ser que la «huella» microbiana que tenemos cada uno de nosotros es única y irrepetible, por eso si tuviéramos un problema emocional, sería único a su manera y con una sensibilidad predeterminada a los tratamientos.

Entiendo que es difícil asumir la hipótesis que está postulando la neurociencia moderna de que la microflora intestinal juega un papel importante en los estados de ánimo, las personalidades y los procesos cognitivos (de los pensamientos lógicos y creativos) entre las personas. Pero debo señalar que por fin el sistema digestivo, y en especial su parte intestinal, cobra su reconocimiento y está oficialmente representando (junto con su ecosistema) unas funciones imprescindibles para la vida y salud humanas.

Hace ocho años, cuando decidí dedicar gran parte de mi tiempo y de mi clínica al concepto de salud digestiva, no fue una decisión tomada por ambición profesional, sino por necesidad, pues había observado que sin arreglar y tratar las funciones digestivas previamente, era mucho más difícil controlar otras cuestiones de salud de mis pacientes como el peso, las funciones tiroideas, problemas de metabolismo o incluso del ánimo, etc.

Yo era consciente de que los temas de salud y depuración digestiva y corporal formaban parte de un concepto avanzado de la medicina integral y holística y no de la medicina convencional ni de la sanidad privada y mucho menos de la pública. Me encontraba dispuesta a trabajar en un campo sin explorar, ya fuese en la sombra o defendiendo a menudo mis métodos ante mis colegas más tradicionales.

Y ahora las últimas investigaciones sobre la microflora intestinal, el microbioma humano y el segundo cerebro se han convertido en temas muy de actualidad en la ciencia y investigación médica y especialmente en la biotecnología.

Os confieso que mis expectativas han alcanzado el lugar adecuado y me proporciona(n) una gran satisfacción profesional aplicar en mi trabajo diario los conocimientos tan novedosos. Resulta muy motivador pensar que pronto podremos cambiar el concepto de las enfermedades autoinmunes, oncológicas, metabólicas, mentales, etc.

También he encontrado mi equilibrio profesional gracias a todos vosotros, mis lectores, porque debido a la repercusión tan amplia de Inteligencia digestiva hemos descubierto que mucha gente está interesada y totalmente preparada para aprender y cuidar su sistema digestivo y su segundo cerebro. Según los resultados preliminares de un importante ensayo clínico, los suplementos probióticos (suplementos de las bacterias buenas para la microflora intestinal) ¡¡¡tratan desordenes anímicos!!! Aquellos de vosotros que habéis sido mis pacientes recordaréis mi insistencia en la toma prolongada de los probióticos selectivos, sobre todo después de la depuración digestiva. Bueno, ya tenemos una razón más, que es la regulación del ánimo, para cuidar y suplementar las propias entrañas.

La sopa bacteriana que está en nuestro tubo digestivo contiene los marcadores de muchas enfermedades. Es decir, que en la fase muy precoz del desarrollo de la enfermedad grave, inicialmente se producen los cambios genéticos y al cabo de los años, la enfermedad avanza con los daños celulares. Parece ser que las bacterias de nuestro ecosistema pueden señalar los riesgos con sus abreviaciones genéticas mucho más temprano que lo que tenemos en nuestro genoma. Los investigadores predicen que muy pronto va a existir una manera precisa, fácil y muy económica de buscar tanto los marcadores tumorales como de otros problemas de salud. El biofísico molecular Rob Knight, de la Universidad de Colorado, confirmó hace poco que: «Las investigaciones profundas del microbioma intestinal tienen un potencial enorme de cambiar muchos aspectos de salud y de la biotecnología».

Tomado del libro Salud Pura.