Lo más difícil de la dieta detox es quitar los productos derivados del trigo y con eso me refiero a todos aquellos que pueden contener harinas de trigo y no importa si es blanca, integral o ecológica. Como te imaginas es todo lo que denominamos pan, pasta, cereales y muesli de trigo, productos de pastelería, bollería, repostería, alimentos rebozados y empanados, etc. Si empiezas a fijarte en las etiquetas de los productos, descubrirás que la harina del trigo se encuentra en muchos alimentos.

Reconozco que casi todos mis pacientes consideran la dieta Detox como un castigo; cuando se lo comento, primero piensan que es una broma, ni siquiera lo aceptan en serio, pues, como es bien sabido, los españoles son muy paneros. «¡¿Cómo puede ser, doctora?! ¿Y qué como entonces? ¿Qué me queda por comer, sobre todo si lo hago fuera de casa?», me preguntan con cara de niños ofendidos, como si les estuviera quitando su comida preferida (y, de hecho, así es en la mayoría de los casos) y les condenase al hambre y al sufrimiento después de pasar por unas purgas poco agradables.

Luchan conmigo hasta la muerte por cada tapita, cada montadito, las tostadas del desayuno, las galletas de la merienda. «¡Viajo constantemente y en los hoteles no puedo elegir!»; «¡Tengo comidas de trabajo con clientes!»; «¡Salgo y ceno fuera casi todas las noches!»; «¡Hago mucho deporte, ¿cómo sobrevivo sin pastas y cereales! »; «¡Soy panero, disfruto el pan, me lo pide el cuerpo, no puedo!»; «¡¿Y con qué voy a mojar la salsa, doctora? ¡Soy de cuchara!». Estos son algunos de los argumentos con que me contraatacan los pobres pacientes para defenderse.

Una paciente de Tarragona me dijo que yo era «una militar con sangre alemana y no tenía ni la compresión ni la flexibilidad para entender su pasión por el pan». Sin embargo, la señora cumplió la dieta al pie de la letra y volvió en un mes con sus tres hijas para que las «arregle».

Otra eminencia del tribunal supremo del país me confesó que como ella es una autoridad no le sirven ni alcanzan para despertar su conciencia las órdenes de los demás. Pero llegó a calificarme como «un médico militar y durísimo que nunca afloja ni deja respirar con libertad» (vaya etiquetas que me ponen, a veces a mí también me cuesta tragarlas). Dicha eminencia, en realidad necesitaba sentir el poder de otro, delegar su salud, aprender a confiar y a cumplir con las órdenes de los demás. Y ha hecho su depuración y la dieta de forma excelente. Ha mejorado mucho el estado de su artritis degenerativa y bajó de peso, pero, por supuesto, seguía culpándome y reclamándome, ya medio en broma, por sus privaciones, especialmente, el placer de comer pan. Su lenguaje era como un ataque de la artillería pesada, pero las dos sobrevivimos y quedamos casi como amigas. Y los hombres sufren aún más la limitación del trigo, ¡¡¡del pan!!! «¡La cervecita con un pinchito!! Solo una doctora extranjera es capaz de quitármelo. ¡Es que no me entiende!!».

Os aviso de que casi todo lo que prescribo o lo que propongo como mis métodos antes lo pruebo yo misma y observo sus resultados en mis pobres familiares que han de ser los conejillos de indias para experimentar mis creaciones holísticas. He vivido un año y medio sin tocar el trigo, sé que es complicado durante las primeras dos semanas pero después ya te acostumbras. Y sé que el cuerpo y el sistema digestivo e inmunitario te lo agradecen mucho; te encuentras bien física y emocionalmente, porque además te estás demostrando que puedes controlar tus vicios y eres capaz de «salir» de la rutina, de lo fácil. En España, en cualquier bar o restaurante, lo primero que te sirven antes de traer los platos es la cesta del pan y las bebidas, no lo he visto en ningún otro país de una forma tan difundida.

En el entretenido libro de José Manuel Vilabella al que ya me he referido, hay un capítulo muy gracioso titulado «Soy un panero». El autor nos cuenta que antes «el pan era el sinónimo de todas las revoluciones, de todas las luchas, de todos los sacrificios: el pan de mis hijos, ganarse el pan, se quedó sin pan, el pan de los pobres, ¡viva el pan!». La memoria es siempre falsa, pero «el olor del pan es lo único que perdura, el último resto del naufragio de la infancia»; el pan es «patria y cobijo, es regazo y nostalgia, es mujer, enseñanza y acogida».

Según Vilabella, tan entusiasta de la gastronomía tradicional, denomina a todos aquellos que quitan el pan de la mesa «no han tenido la alegría de descabezar la barra de cuarto que, sin que se sepan los motivos, es algo que saca de quicio a las honestas madres de familia». Y realiza otras hermosas reflexiones como: «…Hay una gama de sentimientos, una infraestructura de las emociones, que es cosa de niños y de viejos, de abuelos y de nietos. Hay un misterio en el olor del pan, en el gesto, en las miradas, en las hogazas compartidas y en los te quiero, que solo pueden explicarse desde las ternuras gastronómicas, sentado en paz y compañía de un nieto en el banco de un jardín cualquiera». O bien: «…El viejo que no tiene un nieto con quien compartir un bocadillo no sabe ser feliz».

La historia del pan es muy profunda y los vínculos emocionales relacionados con él son muy fuertes, lo reconozco, y me fascina la riqueza del idioma con que se habla sobre las tradiciones del pan. No es mi intención quitarlo de vuestras vidas para siempre, sino recuperar la cultura de los panes hechos de granos nacionales, tradicionales y más antiguos y auténticos como los de espelta, centeno, kamut. Al cabo de un mes seguramente volverás a comer tu pan y quizás lo saborearás mejor, lo comerás de forma más lenta y en menores cantidades.

Estoy de acuerdo con el autor de Delirios gastronómicos en que hoy hay muchas clases de pan y se navega por el mar de los panes, ahora tan ricamente porque muchos de ellos son buenos y sanos y tenemos opción de elegir nuestro pan a a la medida de cada uno.

Tomado del libro Salud Pura.

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