¡Maldito colesterol! Lo conocemos casi todos, porque se instala en nuestras familias y se apega firmemente a uno o a todos, modifica nuestra dieta y nuestras costumbres, nos obliga a tener limitaciones, nos domina y nos produce muchos miedos. Está considerado como un villano absoluto y enemigo de la salud, aunque esto no es del todo cierto y hace un par de décadas no era así. 

Para poder entender con más claridad cómo el colesterol llega y se queda, junto con las afecciones alimentarias, no podemos dejar de asociarlo con lo más rico: patatas fritas, hamburguesas, embutidos muy variados, huevos, sobre todo fritos y con beicon, los famosos cocidos y pucheros, todos los dulces, mantequilla, paté, cordero, alcohol, quesos curados y mucho más. Pues el colesterol nos quita estos placeres, y terminamos por obedecerle, aunque no es fácil.

Justo sobre eso nos confiesa José Manuel Vilabella en sus Delirios gastronómicos (Alianza Editorial, 2005):

“El colesterol se lleva el placer pero tiene el detalle de dejarnos la tentación, que es el aderezo de los dandis, el aliño que hace felices a los epicúreos (…). Engullir lo indebido es un suicidio, pero probar brevemente lo inadecuado es un placer sublime (…) una diminuta cucharada de nata, un huevo frito con sus puntillas de Camariñas, un paté fresco con mermelada de grosella y, de vez en cuando, la rebeldía, el motín, una revolución del chocolate con churros… con ocho churros…”

Es una confesión bonita de un amante de la comida, un gourmet y un especialista gastronómico.

No obstante, con el aumento de la educación y la información, se ha incrementado de forma notable el número de personas que honestamente intentan cumplir con las recomendaciones médicas. Por lo cual eliminan los placeres gastronómicos de sus vidas y llevan una dieta muy estricta, sosa, magra; muchos consiguen alcanzar un peso saludable y hacen ejercicios, pero, a pesar de realizar enorme sacrificios, no a todos se les reduce su colesterol. No es tan lineal. Como continúa diciendo José Manuel Vilabella:

“Sé que (el colesterol) siempre estará ahí y que nunca me libraré de su presencia (…). Lo intente todo: el régimen severo que debería debilitarlo, procuré asesinarlo con pastillas, lo alimento con nueces, le doy manzanas, corro hasta la extenuación por los campos desiertos. A mi colesterol todo le sienta bien y está cada día más saludable.”

Los pacientes con colesterol acuden a la consulta muy frustrados y sin entender de dónde procede este maldito que les espesa la sangre y les amenaza con problemas cardiacos: «No sé qué más hacer, ya como y vivo muy aburrido y monótono; y en cambio no me ha bajado nada, ¿debo seguir tomando la medicación?». Otros lo asumen como una condena perpetua: «¡Es de familia, eso no se corregirá nunca, todos los míos lo tienen, es inevitable!».

Sin duda, existen historias de hipercolesterolemia familiar por presentar ciertas alteraciones genéticas. Sin embargo, la predisposición familiar es un aviso, que puede cumplirse o no, mucho depende de tus conocimientos y de tus hábitos. El colesterol, en su medida justa, es un ser bueno y necesario, no podemos vivir sin él, cumple con muchas funciones en el cuerpo y nos empieza a perjudicar solamente cuando sobresale de sus límites aceptados (que, por cierto, en los últimos años se han posicionado en niveles menores y con los márgenes de referencia de «normalidad» más bajos. Eso si lo comparamos con los datos de hace diez o quince años).

El 80 por ciento del colesterol total que aparece en la analítica de tu sangre procede de tus recursos internos, es de tu propia producción, la hepática. El colesterol que consumimos con las grasas alimentarias, se añade al tuyo propio y normalmente no cambia mucho el equilibrio; y es lógico que si nos atiborramos de comidas copiosas muy seguidas (como las fiestas de Navidad, por ejemplo), se dispare y siga elevado hasta que lo conseguimos eliminar; porque en su diseño original el cuerpo sabe regular sus niveles.

Continuará…

Tomado del libro Salud Pura

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